Nueve tratamientos de fertilización asistida de alta complejidad, seis largas betaesperas, dos positivos que encendieron la esperanza, semanas de ilusión, malas noticias, demasiadas lágrimas y ningún bebé.
Hace cinco años que mi vida está en pausa, como si todo se hubiese quedado quieto en medio de una espera infinita. Perdí la cuenta de los estudios, los pinchazos, las salas de espera, los nombres de los médicos y los malos diagnósticos.
Esperar duele. Pero más duele no tener la certeza de que lo que más se anhela en la vida, algún día llegue a suceder.
No sé cuántas velitas de cumpleaños más tendré que soplar deseando ser madre con todas mis fuerzas. Lo único que sé es que sigo creyendo. En los milagros, en los sueños, en la magia.
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