La apuesta poética de Adrián Milano bien puede definirse como una suerte de gótico del dos por cuatro que le pone imagen y sonido a una ciudad donde siempre está atardeciendo. Aun cuando las escenas se instalen en la noche profunda, en lo más hondo de la luna, la sensación es siempre la de esa hora en donde todo se aleja, donde las cosas parecen reunirse en un lugar bien lejos nuestro.
Acaso, leemos, en el lado malo de la eternidad donde el sol es de hielo negro. De allí que el insomnio sea una imagen recurrente y la ceniza el perfume de lo inaceptable. Versos en sepia, afiebrados, que bien podrían funcionar como epígrafes de algún film de Tim Burton o grafitis de grapa rabiosa firmados por el mismo Luzbel. El Funeral del Sol está escrito con tintas de sangre.
Luis Sagasti